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Las dificultades para concluir las negociaciones de la Rueda Doha están
abriendo un saludable debate sobre el futuro de la Organización
Mundial del Comercio (OMC) y sus funciones en el comercio internacional.
Es un debate que no podría estar ausente de su Octava Conferencia
Ministerial, a realizarse en Ginebra en diciembre próximo. Tampoco
podría estarlo de la Cumbre del G20 que tendrá lugar semanas
antes en Cannes. En ambas oportunidades, Argentina y Brasil podrían
incidir con sus propuestas en el eventual rescate de la Rueda Doha y en
el diseño de una nueva etapa de la OMC. Lo razonable es esperar
que coordinen antes sus posiciones y que, en lo posible, puedan también
reflejar los puntos de vista del Mercosur y de la región sudamericana.
Tres preguntas podrían ser parte de la agenda de este debate.
No son las únicas posibles y cada una puede ser objeto de múltiples
desdoblamientos. Son las que estuvieron presentes este 7 de julio en la
reunión de un grupo de trabajo del Evian Group en Lausanne: ¿cómo
sería posible evitar el colapso definitivo de la Rueda Doha, aunque
sea concluyéndola en una versión menos ambiciosa que la
prevista originalmente? Si ello no fuera factible ¿cómo
podría preservarse a la OMC del eventual impacto negativo que tal
colapso tendría sobre su eficacia, credibilidad y relevancia? Y
aún en el caso que la Rueda Doha fuera rescatable ¿cómo
se podría concentrar energía política e imaginación
técnica en el diseño de una nueva etapa de la OMC, que permita
capitalizar las experiencias acumuladas en estos últimos diez años,
fortalecerla en sus funciones esenciales, e innovar en su agenda de cuestiones
prioritarias, en sus métodos de trabajo y en sus modalidades negociadoras?
Al procurar respuestas a esas preguntas conviene que en ese debate se
tomen en cuenta tres datos sobre la OMC. El primero es que en la actualidad
se inserta en una realidad mundial distinta a la que le diera origen en
1994. Desplazamientos de poder relativo entre los países y protagonismo
asertivo de economías emergentes y re-emergentes -tal los casos
de China e India-; creciente relevancia de las múltiples modalidades
de redes internacionales de producción -que se refleja en el concepto
hecho en el mundo-, y proliferación de acuerdos comerciales
preferenciales -unos 300 según el Informe sobre el Comercio Mundial
2011, recién publicado en Ginebra-, son algunos hechos que ilustran
sobre un nuevo contexto. Todo indica que éstos y sus efectos se
acentuarán en los próximos años. El segundo dato
se relaciona con la vigencia y relevancia de algunas de las funciones
esenciales de la OMC, que conviene fortalecer. Son las de crear reglas
que permitan lograr un grado razonable de disciplinas colectivas en las
políticas comerciales de los países miembros; un ámbito
para encausar distintas modalidades de negociaciones comerciales internacionales
-globales, plurilaterales, sectoriales, preferenciales-, y un mecanismo
eficiente de solución de controversias originadas en la aplicación
de sus reglas. Y el tercero, es que desde su creación ha acumulado
experiencias, incluso con la Rueda Doha, que son útiles -tanto
sus aspectos positivos como negativos- para apreciar la eficacia potencial
de diferentes mecanismos e instrumentos orientados al crecimiento del
comercio mundial y a acentuar su impacto en el desarrollo económico
sustentable de sus países miembros, en especial los menos avanzados.
Más que de un debate limitado a los medios diplomáticos
de Ginebra y de las respectivas capitales, e incluso al plano académico,
la respuesta a tales preguntas debería surgir también de
la participación en cada uno de los países miembros de la
OMC de los múltiples protagonistas con intereses creados en las
relaciones comerciales internacionales, gubernamentales o no gubernamentales.
Podría ser un debate en el que las modernas tecnologías
de la información permitieran, si así se procurara, una
participación amplia de todos los interesados.
Ello se lograría en la medida en que ella sea valorada y facilitada
al menos por los principales miembros de la OMC. Incluso se abriría,
en tal caso, el camino para avanzar hacia una OMC 2.0. Se puede aprovechar
al respecto el potencial que brinda la nueva e inteligente versión
de la página Web de la organización.
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